Cincuenta mil pesos. Ese fue el monto que pidió prestado un joven de un barrio de Rosario. Pocas semanas después, la deuda era de un millón. Es una de las historias que recogió el investigador del CONICET Juan Pablo Hudson, y resume un negocio que las bandas narco han sumado a su actividad en los barrios populares: el préstamo usurario.
Hudson es sociólogo y comunicador social, trabaja en sociología del trabajo y es autor de varios libros. Investiga la violencia narco desde 2009 y tomó la ciudad de Rosario como centro de su estudio. Su análisis, sin embargo, trasciende esa ciudad: el mecanismo que describe “se repite en distintos puntos del país”, y Paraná no es la excepción.
El contexto es conocido. Mucha gente no tiene acceso a un préstamo formal porque no cuenta con un salario y vive de changas. Esa necesidad los empuja hacia prestamistas que, además de usurarios, fijan deudas imposibles de pagar, y cuyas consecuencias llegan en forma de aprietes, amenazas, pérdida de la vivienda, trabajo forzado para la banda o el uso de la casa como aguantadero de drogas.

Juan Pablo Hudson – investigador CONICET
La deuda de un hijo: el caso de una madre en Rosario
Para explicar cómo opera esa maquinaria, Hudson relató una conversación reciente, en el marco de su trabajo de campo, con una mujer de un barrio rosarino que él mismo describe como “muy picante”. Su hijo estaba endeudado con un prestamista narco.
“El martes pasado estuve en un barrio muy picante de Rosario, charlando con una mujer cuyo hijo estaba endeudado. Empezó con 50.000 pesos, esa fue la que él pidió prestado. Y pocas semanas después debía 1.000.000 de pesos, que fue lo que terminó pagando esta madre que se juntó con el prestamista.”
Juan Pablo Hudson, investigador del CONICET
El joven pidió 50.000 pesos. En pocas semanas, sin que mediara ninguna regla clara, la cifra se multiplicó por veinte. La madre debió reunirse con el prestamista y terminó pagando el millón de pesos. “En este caso tuvo la posibilidad de reunir esa cantidad muy grande de dinero”, subrayó el investigador.
Ese detalle es clave: no todas las familias pueden hacerlo. Cuando el dinero no aparece, la historia sigue por otro camino.

Una diversificación del narcomenudeo
Según el investigador, hubo un quiebre en Rosario, y también en otras ciudades, cuando el narcomenudeo y sus agentes pasaron a ser autoridades principales de las barriadas. Desde entonces, cambió la vida en esos lugares y también en la ciudad en general.
Dentro de ese proceso, Hudson detectó una diversificación de las actividades del narco, de manera más marcada desde el inicio del año pasado. Hoy la principal es el prestamismo. La otra, que todavía están investigando, es el juego clandestino online. Ambas, explicó, “permiten hacer circular el dinero y expandirlo”.
Las tasas son brutales, advirtió. No es que el mercado formal no lo sea, y los créditos en billeteras virtuales también tienen costos enormes. Pero en el caso narco es todavía peor: “no tiene reglas claras y las consecuencias de no pagar son realmente feroces”.

Cómo funciona la escalada
El relato de Hudson describe una secuencia que se repite. Cuando alguien debe dinero a un prestamista narco, empiezan los aprietes y la deuda aumenta de manera completamente arbitraria. Si la persona no logra reunir el dinero, llega a su puerta un “soldadito”, cada vez más joven: según el investigador, hay chicos de 11, 12 y 13 años, incluso preadolescentes. Primero piden el dinero. Si no está, piden algún objeto de la casa, como un televisor, una heladera, un freezer o un mueble, para cubrir al menos una cuota.
Cuando la deuda ya creció demasiado, el pedido es otro: la vivienda o un familiar, en general un niño, una niña o un joven, para que trabaje para la banda.

Cuerpos como moneda de cambio: niñas y mujeres en la mira de la deuda
Entre las consecuencias del impago, hay una que Hudson define como “un tema muy delicado”: la explotación sexual. Cuando la deuda se vuelve imposible de saldar, la banda deja de reclamar dinero y pasa a reclamar personas.
Durante años, según describió, los reclamados eran varones, destinados a vender o a custodiar los puntos de venta como “soldaditos”. Eso cambió. “Ahora también aparecen las mujeres”, advirtió, y con ellas la prostitución, “que empieza a extenderse muy fuerte en relación a las deudas”. El investigador precisó que ocurre “mayormente a partir de los cuerpos femeninos”: son las mujeres quienes terminan pagando con su cuerpo lo que la familia no puede devolver.
Para la persona que está en el medio, la deuda deja de ser un problema de dinero y se convierte en una forma de sometimiento. Hudson incluyó este fenómeno entre los padecimientos que no aparecen en las estadísticas que el Estado suele exhibir. Ante el argumento oficial de que los homicidios bajaron, respondió: “tienen razón, pero ojo”, porque surgen otros hostigamientos que tienen que ver con “la explotación sexual, las torturas a partir del no pago de las deudas, la captura forzada de casas, de personas, la trata de personas”. La caída de un indicador, advirtió, no significa que los barrios estén mejor.
En el programa Demo se recordó, a propósito de este punto, el triple femicidio de Florencio Varela, en el que tres jóvenes fueron asesinadas por una banda narco y que también se vincula con la explotación sexual por parte de estas organizaciones. Es una situación, se planteó, que ocurre desde hace tiempo y que “no se quiere visibilizar”.

Los prestamistas son vecinos
Un punto central del estudio es que los préstamos no se piden en un búnker. Quienes prestan son vecinos y familiares, que publican en sus estados de WhatsApp frases como “estoy prestando” o “préstamos a sola firma”.
Aquí aparece la figura del mediador o la mediadora. Se trata, explicó Hudson, de personas que no están ligadas a la banda y que simplemente toman la intermediación como un trabajo. Cuando la deuda se les va de las manos, delegan la responsabilidad de la violencia en la organización. Mientras tanto, “son miles y miles de personas” las que trabajan de prestar dinero. No se trata solo de soldaditos o de “tranceros”, como se llama en la jerga a quienes manejan los búnkeres, sino de “una red muy grande de prestamistas que están en los barrios”, que participan de lo que el investigador define como una circulación bestial del dinero.

La crisis y la ausencia del Estado
El fenómeno no es nuevo. Hudson lo ubica desde el inicio de la segunda década de este siglo, entre 2012 y 2013, al menos en Rosario. Pero sostiene que el contexto actual lo agrava. Su diagnóstico es directo: “este ajuste tan brutal de la extrema derecha que gobierna hoy la Argentina provoca que la gente tenga que refugiarse todavía más, casi de manera obligada, en los mercados ilegales”.
El investigador citó cifras sobre los planes sociales. Según explicó, el Gobierno primero congeló los montos del Potenciar Trabajo y ahora eliminó a 900.000 de sus 1.300.000 titulares. Quienes cobraban 78.000 pesos “directamente no tienen ni siquiera eso”. A esto se suma que no hay trabajo formal y que las changas también cayeron. En ese escenario, dijo, “es difícil que alguien no se inserte, que no acepte levantar apuestas para los casinos, prestar dinero o intermediar para comprar zapatillas o celulares para un grupito ilegal”.
Sobre la responsabilidad de los gobiernos, fue contundente: “el Gobierno está haciendo todo lo posible por empujar la situación hacia eso”. Y agregó una advertencia: “está jugando con fuego”. Para Hudson, tanto el Gobierno nacional como algunos gobiernos provinciales se muestran confiados y conformes con que la situación quede en “una especie de implosión adentro de los barrios”.
Según su lectura, mientras la crisis no estalle en la Plaza de Mayo, en la plaza de Paraná o en la Casa de Gobierno de Rosario, “lo viven con cierta tranquilidad”. Pero advirtió que se está jugando con fuego porque, al menos en Rosario, el desarrollo de la ilegalidad y la violencia ha sido enorme y la situación es “muy sórdida y muy pesada”.
“Está muy feo allá abajo”, resumió. La situación económica es mala de manera transversal, pero en los barrios populares es “muy muy delicada”, y se declaró realmente preocupado de que en algún momento “explote de una manera todavía más trágica”.

Paraná: testimonios que coinciden
Esta problemática ya se observa en Paraná. Demo Comunicación recogió testimonios de vecinos de barrios populares cuyas identidades se resguardan porque están en riesgo. Los relatos coinciden con lo descripto por Hudson: préstamos informales, amenazas y presión sobre las familias. Para quienes pierden la casa, no hay posibilidad de comprar otra: perderla es quedar en la calle.
El estudio realizado en Rosario permite entender cómo funcionan estas bandas cuando transforman el préstamo a los sectores más vulnerables en uno más de sus negocios. Muestra el mecanismo y también advierte sobre sus consecuencias.
La salida: reconstruir lo comunitario
Consultado sobre qué más es necesario incorporar, Hudson remarcó que el problema no es solo responsabilidad de los gobiernos, aunque estos tienen “una responsabilidad prioritaria”. Planteó que también hay que reconstruir capacidades comunitarias que hoy están “tan desarmadas”: las reuniones de vecinos, las vecinales, los clubes y las organizaciones sociales. “Es muy difícil, porque esto se desmadró”, reconoció, “pero es una responsabilidad comunitaria, ciudadana, que no podemos soslayar. Tenemos que preguntarnos cómo hacer para intervenir”.












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