Por Sergio Brodsky *
“…Usted se puede morir/eso es cuestión de salud/ pero no quiera saber/ lo que le cuesta un ataúd” – Alfredo Zitarrosa, “Doña Soledad”-
Es que no hay modo de separar la salud mental de las “condiciones concretas de existencia”, como decía Pichón-Rivière. ¿Cómo podemos desligar las depresiones, las angustias desbordantes, los pánicos, las psicosomáticas, las adicciones, de los salarios de miseria de los trabajadores, de la ausencia de expectativas de los jóvenes, de la imposibilidad de investir libidinalmente el futuro, de familias fragmentadas, del maltrato a los adultos mayores, de la inmoralidad hacia las personas con discapacidad, del estrago de las universidades, de las encerronas trágicas de los desocupados?
La salud mental no es una isla y la crueldad neoliberal es impiadosa. Produce demasiadas personas “cansadas de llevarse puestas”, como decía el genial Osvaldo Soriano del ingeniero informático que caminaba errático las rutas de un país sin rumbo, arruinado, con los restos de ferrocarriles anquilosados como paisaje desolador del sueño olvidado del Estado de bienestar, en Una sombra ya pronto serás. Es curioso, pero Freud dice que en la melancolía, tan cercana al suicidio, “la sombra del objeto [perdido] cae sobre el yo”. ¿Será aplicable a un país en sombras?.
Y no es ingenuo recordar que el destrozado Estado de bienestar, esa operación, la de su destrucción, que comenzó con la dictadura cívico-militar y continuó con el menemismo en los 90, se profundizó con Macri y llega hoy a ribetes insondables. No es, digo, inocente recordarlo porque un “estado de bienestar” biopsicosocial, y no solo ausencia de enfermedad, es la forma como definió la salud la Organización Mundial de la Salud en 1949, cuando los trabajadores conquistaron sus derechos humanos, civiles y laborales, su derecho a la felicidad, cuando se promovió el bienestar general que el preámbulo de la Constitución agita.
Un estado de bienestar que define la salud no como un privilegio, sino como un derecho garantizado por el Estado, que solo se consigue, por lo tanto, con la “concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”, tal como lo expresa, tal vez por eso, la tan vapuleada Ley Nacional de Salud Mental 26.657, cuando define la salud mental, precisamente, en su artículo 3, como un proceso determinado “por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada”, dice, “a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”.
El Estado de bienestar, es decir, la salud mental determinada por la satisfacción de derechos humanos y sociales universales, fue dando paso, destrucción mediante, a un estado policial que, por el contrario, reprime brutalmente toda protesta surgida de los resultados tangibles que ha adquirido una política de ajustes, consecuente con la “planificación de la miseria”, complemento de la exorbitante concentración de la riqueza en pocas manos, determinante de desigualdades incompatibles con la democracia, tal como lo expresó, con notable nitidez, Rodolfo Walsh en su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, y que, con oleadas sucesivas, empuja hacia el abismo el destino de nuestra Patria y sus habitantes, que cada vez menos se nombran como Pueblo.
Fábricas quebradas, trabajadores destruidos, desocupados, jóvenes sin destino, emprendedores frustrados, jubilados maltratados, con índices de sobremortalidad por la dificultad del acceso a la salud, dice Alicia Stolkiner, introyectan, para colmo, un sádico superyó social e ideológico que los flagela al adjudicarles, al atribuirles, como falla personal, el resultado de “sus” fracasos, desestimando las políticas económicas que los determinan.
La meritocracia, es decir, la creencia en que el éxito o fracaso en la lucha por la vida, en el darwiniano contexto del “sálvese quien pueda”, es el resultado de los méritos o cualidades personales, abstraídas del sistema de expulsión salvaje -el capitalismo que vomita seres humanos-, es el origen de no pocas depresiones en las que el sujeto se maltrata por su falta de habilidad para adaptarse.
Es, además, funcional a la pasividad, la apatía que el Poder promueve activamente, puesto que le quita sentido a la unidad con los otros padecientes, a la resistencia, la lucha, la denuncia, ya que retrae la agresividad hacia el propio yo, culposo, avergonzado. Constituye, por el contrario, la construcción de conciencia social y política un reservorio ético de salud mental cuando encuentra la comprensión del “fracaso” en una lógica que excede la responsabilidad individual y busca activa y consecuentemente en la “unidad en la pluralidad”, como señala Freire, de los que padecen, en su lucha, en la comprensión de un sistema que los excluye, al modo en que lo enseñaron las Madres, que transformaron el dolor en la causa ética y política más extraordinaria del siglo pasado y del presente, una causa no ajena al pensamiento de la salud mental, que siempre es colectiva, la razón social de las causas del fracaso, que depende de profundas transformaciones de un sistema injusto y desigual.
En este contexto, el suicidio como síntoma social, paroxístico de este “Estado de malestar” general, desprende su lógica del incremento insoportable de las fuentes del dolor, las frustraciones y la desesperanza, a la que se agrega, como su natural complemento, un sistema de salud que, como se repite todo el tiempo, está colapsado, es decir, en ruinas. ¿Podría ser acaso de otra manera?
La declaración, entonces, de la urgencia en salud mental tiene enormes dificultades para trascender postulados declamatorios y discursos huecos, vacíos de contenidos concretos que se traduzcan en programas e inversiones concretas en recursos materiales y los también llamados humanos que, a tanto decir que son recursos y no personas, se naturaliza que deban extenuarse en el pluriempleo que agrava las condiciones de salud (mental) de los que deben asistir a los que sufren, que sobremueren una vida intolerable.
En septiembre y octubre, los gobiernos han insistido en la importancia de hablar de salud mental y de prevención del suicidio, alentados el diez de septiembre por el Día Mundial de Concientización para la Prevención de las Conductas Autodestructivas y el 10 de octubre sobre esa dimensión humana profundamente lastimada que es la salud mental.
Han instado, gobernantes y funcionarios, a hablar y pedir ayuda, lo cual estaría muy bien si hubiera dispositivos estatales que alojaran esa palabra estragada y esa demanda desesperada, pero no los hay. Y esa proclama convive, entonces, con las enormes dificultades para acceder a un turno en las instituciones públicas de salud mental, con la caída sistemática en las mortíferas redes de las largas, casi indecentes listas de espera. Y entonces la soledad y la angustia se incrementan y recuerdan, de ese modo, el aullido desesperado que pega el poeta Jacobo Fijman, el poeta que murió abandonado en el Borda, en el abismal vacío del loquero, cuando se pregunta: “¿A quién llamar? ¿A quién llamar desde el camino tan alto y tan desierto?”.
Nadie, no hay nadie, no hay Estado o, por lo menos, hay una gran insuficiencia cuando un suicidio sacude una familia, una comunidad y los amigos piadosos deben recurrir a la solidaridad y la colecta para, al menos, ayudar a despedir el mundo sin humillaciones.
* Sergio Brodsky es psicólogo, se desempeña en servicios de Salud Mental, es docente e investigador.













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