Consultados por Demo Comunicación, Anabella Albornoz, de Suma de Voluntades, y Julián Jarupkin, de Libres del Sur, cuestionaron los dichos del Presidente sobre quienes no llegan a fin de mes. Desde su trabajo territorial, describieron las dificultades que enfrentan familias, jubilados, estudiantes y trabajadores para acceder a la comida. Sus testimonios contrastan con la agenda internacional de Javier Milei y reabren el debate sobre su distancia con la realidad cotidiana del país.
El presidente Javier Milei preguntó cómo hacen los argentinos para vivir diez días sin comer ni beber si, como señalan distintos relevamientos, muchos se quedan sin dinero antes de terminar el mes. La respuesta llegó desde los barrios, donde las organizaciones sociales y comunitarias acompañan a quienes enfrentan dificultades para cubrir sus necesidades básicas: las familias se endeudan, buscan asistencia alimentaria y, cada vez más, deben elegir qué necesidad postergar.
Durante la apertura de la Argentina Oil & Gas Expo Patagonia 2026, en Neuquén, Milei calificó de “pelotudez que impulsó el kirchnerismo” la afirmación de que los argentinos no llegan a fin de mes. “Si se quedan sin plata verdaderamente el 20, ¿cómo viven 10 días sin comer ni beber?”, planteó el mandatario.
Sus declaraciones generaron cuestionamientos por el modo en que abordó una problemática que atraviesa a numerosos hogares. Consultados por Demo Comunicación, Anabella Albornoz, referente de Suma de Voluntades, y Julián Jarupkin, referente de Libres del Sur en Entre Ríos, compartieron sus reflexiones sobre los dichos presidenciales y describieron, desde sus experiencias territoriales, las dificultades que enfrentan familias, jubilados, estudiantes y trabajadores para acceder a la comida y cubrir sus necesidades básicas.
Sus testimonios describen una realidad que excede las estadísticas: personas que necesitan pedir ayuda por primera vez, estudiantes que no pueden cubrir sus gastos básicos, jubilados que hacen filas para recibir comida y familias que dependen de la asistencia comunitaria para resolver una necesidad tan elemental como la cena.

Anabella Albornoz: “Nadie debería sentir vergüenza por necesitar una mano”
Para Anabella Albornoz, las palabras del Presidente no fueron simplemente una expresión desafortunada. La referente de Suma de Voluntades las definió como un acto de crueldad, tanto por su contenido como por la manera en que fueron pronunciadas.
“Lo que no se alcanza a comprender desde ciertos lugares de poder es lo moralmente devastador que resulta para una persona no poder garantizar un plato de comida para su familia”, reflexionó en diálogo con Demo Comunicación.
Albornoz puso el foco en la experiencia cotidiana de quienes trabajan durante todo el día y, aun así, no consiguen cubrir sus necesidades. También advirtió que la crisis está alcanzando a personas que nunca habían necesitado recurrir a la asistencia estatal ni a una organización social.
En Suma de Voluntades, explicó, están llegando a 13.120 platos de comida por mes. A esa tarea se suman las situaciones que aparecen diariamente: familias que no llegan a fin de mes, personas que no pueden comprar sus medicamentos y jubilados que deben elegir qué necesidad postergar.
“Hoy, en las filas de nuestras recorridas por las plazas, vemos jubilados, estudiantes, trabajadores. Y detrás de cada uno hay una historia que merece ser escuchada, nunca juzgada”, sostuvo.
Para explicar lo que observa, compartió tres situaciones que la marcaron especialmente.
La primera fue la de un hombre monotributista que se acercó a buscar alimentos. Cuando recibió el bolsón, se largó a llorar y expresó: “Yo no merezco venir a pedir a una ONG”.
Albornoz recordó esa escena como una muestra del peso emocional que implica perder la posibilidad de sostenerse por cuenta propia. “Nadie debería sentir vergüenza por necesitar una mano”, señaló.
La segunda historia fue la de una estudiante que encontró en la asistencia alimentaria una forma de afrontar sus gastos cotidianos. La joven vivía frente a la Plaza Bomberos y su madre le pagaba el alquiler, pero el dinero no alcanzaba para comprar comida y apuntes. Por eso había comenzado a retirar alimentos todas las noches.
“Me quedé pensando en esa gurisa. En lo difícil que debe ser proyectar un futuro cuando el presente se vuelve una lucha diaria por resolver algo tan básico como la cena”, expresó.
El tercer caso fue el de un niño que salió solo de su casa después de ver en la televisión que la organización entregaba comida.
“Un gurí que salió solo a buscar un plato de comida”, resumió Albornoz. Y agregó que hay imágenes que no necesitan demasiadas explicaciones.
A partir de esas experiencias, la referente invitó a pensar que detrás de cada persona que necesita ayuda podría haber alguien cercano: un hermano, una hija o un hijo.
“¿De verdad podemos escuchar estas historias y seguir creyendo que no llegar a fin de mes es motivo de burla?”, cuestionó.
Para Albornoz, las declaraciones presidenciales reflejan una distancia profunda entre la política y la vida de la comunidad, además de una forma de deshumanización que reduce a las personas a números y estadísticas.
La referente también rechazó cualquier mirada que romantice la pobreza o naturalice el trabajo de las organizaciones como reemplazo de derechos que deberían estar garantizados.
“Nuestro mayor anhelo no es repartir cada vez más platos de comida. Es que algún día ninguna familia tenga que hacer una fila para poder cenar”, afirmó.
Y concluyó con una definición sobre la tarea que sostienen: “No porque creamos que la solidaridad reemplaza los derechos, sino porque no podemos mirar para otro lado mientras esos derechos no llegan”.

Julián Jarupkin: “Es un posicionamiento ético-político”
Julián Jarupkin, referente de Libres del Sur en Entre Ríos, también cuestionó las expresiones de Milei. En diálogo con Demo Comunicación, sostuvo que no se trata de una frase desafortunada, sino de una posición política que, según su interpretación, niega la realidad que atraviesa una parte importante de la sociedad argentina.
“No puedo tildar de ‘desafortunada’ la frase del Presidente. Es un posicionamiento ético-político de Milei, una constante de negación sobre la realidad de la mayoría de los argentinos”, expresó.
Jarupkin consideró que el mandatario se dirige con desprecio hacia quienes atraviesan dificultades económicas y que, al hacerlo, deja de reconocer a las personas como sujetos de derechos.
En su reflexión, cuestionó que el Presidente plantee el problema mediante una pregunta que, a su entender, simplifica las dificultades que enfrentan los hogares para sostener sus gastos básicos.
“Presidente, apelamos a que construya un pensamiento más complejo y cercano a todas las dificultades de la realidad”, planteó.
A continuación, respondió con una serie de preguntas sobre las consecuencias concretas de la pérdida del poder adquisitivo: qué significa elegir entre comer o comprar medicamentos, endeudarse para alimentar a una familia o evitar que le corten la luz, y sostener los estudios sin saber si al día siguiente habrá dinero para el alquiler o la comida.
También puso el foco en el trabajo de los comedores y merenderos comunitarios, que, según señaló, continúan asistiendo a barrios enteros a pesar de los recortes que denuncia.
“¿Conoce del esfuerzo de los estudiantes para continuar con sus estudios, sin saber si mañana tendrán alquiler o comida?”, preguntó.
Jarupkin cerró su reflexión con un llamado a recuperar la empatía y la solidaridad frente a una situación que, desde su perspectiva, exige discutir no solo las medidas económicas, sino también la manera en que la dirigencia política interpreta las necesidades de la población.

Los números detrás de la pregunta de Milei
Las experiencias relatadas por los referentes sociales encuentran un contexto en distintos indicadores de ingresos, consumo y endeudamiento familiar.
Según el Monitor de Opinión Pública de Zentrix Consultora, el 65,3% de los encuestados agota sus ingresos a más tardar el día 20 de cada mes. La proporción asciende al 72% entre los menores de 40 años y al 83,3% en los sectores de menores recursos. Apenas el 9,8% de los consultados afirmó que puede ahorrar.
El endeudamiento aparece como una de las herramientas para afrontar los gastos cotidianos. El 56,2% de los encuestados tomó deuda durante los seis meses relevados por la consultora. Entre quienes lo hicieron, el 55,1% destinó el dinero a alimentación y salud, mientras que el 21,3% lo utilizó para pagar tarifas y servicios públicos.
En los sectores de menores recursos, el 68,1% manifestó haberse endeudado y, dentro de ese grupo, el 65,5% destinó el dinero a necesidades primarias.
El deterioro también aparece en los indicadores de morosidad. De acuerdo con los datos del Banco Central citados en el material, la irregularidad de los créditos a las familias llegó al 12,9% en julio, el nivel más alto en más de dos décadas. Los mayores niveles se registraron en los préstamos personales, con el 16,7%, y en las tarjetas de crédito, con el 12,8%.
Estos datos permiten dimensionar el problema al que se refieren los testimonios: cuando el ingreso no alcanza, muchas familias recurren al crédito, postergan pagos o necesitan ayuda para cubrir sus necesidades básicas. La deuda permite resolver algunos gastos inmediatos, pero también compromete los ingresos de los meses siguientes.

Un Presidente lejos de la realidad cotidiana
La discusión sobre cómo viven las familias cuando el dinero se termina antes de fin de mes no se agota en una frase presidencial. También pone en cuestión la distancia entre el discurso del Gobierno y las experiencias que describen quienes trabajan todos los días en los barrios.
Mientras Milei reivindica el rumbo económico, destaca el crecimiento de las exportaciones energéticas y proyecta un superávit comercial, las organizaciones sociales relatan escenas de personas que no pueden comprar alimentos, estudiantes que dependen de la asistencia comunitaria y trabajadores que necesitan ayuda para sostenerse.
No se trata de negar la importancia de los indicadores macroeconómicos ni de desconocer los argumentos con los que el Gobierno defiende su programa. Se trata de advertir que esos números no describen por sí solos cómo vive una familia que debe elegir entre pagar una factura, comprar medicamentos o poner la cena sobre la mesa.
La pregunta de Milei sobre cómo hacen los argentinos para pasar diez días sin comer ni beber tiene una respuesta que las organizaciones sociales conocen de cerca: muchas personas no dejan de comer durante diez días, sino que reducen la cantidad y la calidad de los alimentos, recurren a familiares, se endeudan o buscan un plato de comida en un comedor.
Esa realidad también se expresa en las filas que describió Albornoz. Allí no hay solamente personas que históricamente necesitaron asistencia, sino también trabajadores, jubilados y estudiantes que, hasta hace poco, podían afrontar sus gastos sin acudir a una organización.
A esa distancia se suma la agenda internacional del Presidente. Según el relevamiento de viajes citado en el material, Milei había realizado 44 viajes al exterior hasta comienzos de octubre y acumulado alrededor de 135 días fuera del país. Con las visitas posteriores mencionadas en el mismo relevamiento, el número llegaría a 46.
Los viajes y las reuniones internacionales forman parte de las funciones de un jefe de Estado y no constituyen, por sí mismos, una prueba de desconexión. Sin embargo, cuando una parte importante de la agenda presidencial transcurre fuera del país y los recorridos por las provincias son limitados, surge una pregunta legítima sobre las oportunidades que tiene el mandatario de escuchar directamente a quienes enfrentan las dificultades económicas.
En Entre Ríos, por ejemplo, Milei realizó una sola visita como Presidente, en octubre de 2025, según los antecedentes consignados en el material. Su reciente paso por Neuquén estuvo vinculado con un encuentro del sector energético, antes de emprender otro viaje internacional.
Gobernar también exige mirar más allá de los indicadores y escuchar lo que sucede en las calles. Recorrer barrios, conversar con comerciantes, trabajadores, estudiantes, jubilados y organizaciones comunitarias no reemplaza las estadísticas, pero permite comprender qué hay detrás de ellas.
Las historias que cuentan Albornoz y Jarupkin muestran el costo humano de una economía que muchas familias viven como una carrera permanente para llegar al día siguiente. Cuando una persona siente vergüenza por pedir alimentos, cuando una estudiante necesita hacer una fila para cenar o cuando un niño sale de su casa para buscar comida, la discusión deja de ser una abstracción.
El problema no es solamente cómo se llega al día 30 después de quedarse sin dinero el día 20. Es qué ocurre con la dignidad, la salud, la educación y las posibilidades de proyectar un futuro cuando la supervivencia cotidiana ocupa casi toda la energía de una familia.
Frente a esa realidad, la pregunta que debería orientar el debate público no es cómo hacen los argentinos para sobrevivir sin ingresos, sino qué condiciones económicas y sociales están haciendo que cada vez más personas necesiten endeudarse o pedir ayuda para cubrir lo indispensable.
La respuesta no está únicamente en los informes económicos ni en los foros internacionales. También está en las plazas, los comedores y las calles del país, donde las organizaciones sociales siguen encontrándose con una realidad que no puede reducirse a una pregunta retórica.













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