Antes de la obra de Milo Lockett en el hall del San Roque hubo otra pared pintada, por cien manos paranaenses. Nadie salió a defenderla.
La noticia corrió rápido: el mural que Milo Lockett pintó el 5 de octubre de 2017 en el hall de ingreso del Hospital Materno Infantil San Roque de Paraná ya no se ve. Una capa de pintura lo cubrió. Siguieron los mensajes, los lamentos y las declaraciones públicas. Y con ellas, una pregunta que casi nadie hace: ¿qué había en esa pared antes de que llegara el artista consagrado?

Una pared, dos historias
La respuesta está en noviembre de 2015. Por entonces, un grupo de artistas paranaenses, reunido bajo el nombre Artistas Unidos para Pintar los Mundos, llevaba meses interviniendo las paredes del hospital. Se juntaban los sábados, entre mates y reencuentros, para ponerle color a un lugar donde muchas familias enfrentan la enfermedad de un hijo. Antes de empezar se reunieron con el director del hospital, Víctor Paz, y consultaron a psicólogos y otros profesionales para elegir colores y figuras adecuados a un espacio así.
Aquel mismo año, el grupo contaba que la convocatoria había nacido en las redes sociales y que la respuesta fue inmediata. Hubo quienes aportaron pinturas y quienes se sumaron con sus pinceles. “El arte es un poco sanador y nos pareció muy importante darle un poco de color a un lugar que a veces puede ser un poco doloroso”, decía entonces la artista Laura Sosa. Patricio Lynch lo resumía como un proyecto colectivo “donde no hay jefes ni plazos para entregar la obra”. Sin banderas políticas y sin financiamiento del Estado, según sus propias palabras.
El primer mural lo pintaron en el hall de entrada. Fue el punto de partida de un recorrido que siguió por el pasillo hacia neonatología, rodeó la capilla y avanzó por el pasillo lateral izquierdo hasta el primer piso.

El blanqueo que nadie recuerda
Dos años después, en 2017, llegó Milo Lockett, entonces en pleno apogeo en Buenos Aires. Su visita fue fruto de gestiones de Mariel Ávila, esposa del entonces gobernador Gustavo Bordet, y en el Ministerio de Salud estaba Sonia Velázquez.
Para que el artista chaqueño pintara en el hall, hubo que despejar la pared. Andrés Leiva, uno de los artistas que había intervenido el mural de 2015, lo cuenta sin rodeos: “Sí, sucedió eso, se blanqueó lo que habíamos pintado, fue medio grosero”. Recuerda que fue una obra comunitaria: “Éramos muchos, creo que pasaron 100 personas ahí, por decirte un número exagerado, porque fueron varios meses. Se empezó en esa sala primera donde está la obra de Lockett”.
Leiva no esconde el sentimiento que le dejó el episodio: “Cuando viene un pope, un consagrado de Buenos Aires, siempre se le rinde homenaje y correte. Es parte de todo esto de la colonización porteña. Aunque él es chaqueño”. Y lo resume en una frase: “Se blanqueó la pared para ponerlo a Lockett”.
Nadie hizo escándalo entonces. No hubo comunicados ni indignación pública por la obra colectiva que se tapaba. Eran artistas locales, voluntarios, sin firma célebre ni gestión política detrás.

Lockett no es el problema
Conviene decirlo con claridad: nada de esto es un reproche a Milo Lockett. El artista, al enterarse de que su obra había sido cubierta, dijo a ANÁLISIS: “Me duele por todo lo que significó para mí: viajar, estar con la gente, con los chicos”. Aclaró que no está enojado, que no quiere convertir lo ocurrido en una discusión política y que, incluso, volvería a pintar en el hospital. Dijo también que le hubiese gustado restaurarlo: “Si me hubiesen llamado para eso, lo hubiésemos hecho”.
Esa última frase es la clave. Según Lockett, nadie lo llamó. Y esa es precisamente la falta.
“Prevenir un riesgo”
Desde el Hospital San Roque explicaron que la decisión no fue borrar una obra artística sino prevenir un riesgo, a raíz de filtraciones y del mal estado de la pared. Es la versión que difunden medios afines al gobierno provincial.
Aun si fuera cierta, el procedimiento correcto era otro. Ante una pared deteriorada que alberga una obra de arte, lo que corresponde es avisar al autor y darle la oportunidad de restaurarla. Nada de eso ocurrió. Y si en 2017 hubiese hecho falta una restauración, lo justo habría sido convocar también a quienes habían pintado esa misma pared dos años antes: el colectivo de artistas locales.

La doble moral
Hoy la exministra Sonia Velázquez reprueba lo ocurrido. “Ayer fue la Biblioteca Infantil Mercedes De Giusto y hoy el mural de Milo Lockett”, sostuvo, y acusó a quienes gobiernan la salud de estar “empeñados en disolver la interacción entre el arte y la salud infantil”. Agregó que “podrán borrar las obras, pero el arte seguirá vivo en cada pincelada”.
La frase es bella, y la crítica de fondo es justa. Pero resulta difícil no advertir la paradoja: quien hoy se indigna por una pared blanqueada era ministra de Salud cuando otra pared, pintada por cien paranaenses, se blanqueó para dar lugar a un artista de prestigio. Entonces el silencio fue la regla. Y hay una forma de respeto por el arte que no depende de quién gobierne ni de la firma que lleve la obra.

La costumbre de mirar hacia otro lado
Lo que se repite es una vieja costumbre: valorar al artista que viene de afuera, y sobre todo de Buenos Aires, y tratar al de acá como material descartable. Los artistas locales pintan por vocación, sin cachet y sin gestiones oficiales a favor, y cuando algo se pierde nadie los llama ni los menciona.
Una pared de hospital no es un lienzo cualquiera. Es el primer paisaje que ven los chicos y sus familias cuando cruzan la puerta en el peor momento de sus vidas. Borrarla sin avisar a quien la pintó, sea Lockett o sea un grupo de vecinos con rodillos y mate, es una falta de respeto. Lo es hoy, y lo fue en 2017.
Si de algo debería servir esta polémica, es para que Paraná recuerde sus dos murales: el que ya no está a la vista y el que nunca tuvo quien lo defendiera.












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